Palabras pronunciadas por Blanche Petrich durante la entrega del Premio de Periodismo Carlos Septién García

21 octubre, 2013

Pocas actividades humanas son tan gregarias y colectivas como el oficio –o profesión, como se prefiera llamarlo—del periodismo. Este oficio que Gabriel García Márquez llamó el mejor del mundo, ese que se aprendía en las salas de redacción, en los talleres de imprenta, en el cafetín de enfrente, en las parrandas de los viernes, en las tertulias de las cinco de la tarde donde se discutían en caliente los temas de cada sección.

Antes y ahora, es muy común y cotidiano ver a la reportera, al reportero, trabajar en una asignatura como un llanero solitario, andando de acá para allá, hablando con frecuencia consigo mismo y encerrado hasta altas horas de la madrugada frente al teclado.  Pero en realidad no hay periodista que trabaje solo.  Detrás de ella, o él, siempre hay un colectivo que se afana porque ese reportaje, esa nota, esa entrevista de sus desvelos salga a la luz al día siguiente.
Es por eso que este reconocimiento es también para todos los jornaleros, mis compañeros de afanes, pesares y alegrías, mis jefas Carmen Lira y Elena Gallegos, mi jefe Josetxo Zaldúa, el equipo completo.

Leíamos hace unos días la noticia de que solamente en este Distrito Federal nuestro, en septiembre (solo un mes) hubo 696 marchas y protestas en las calles; casi un millón de personas participaron. Seis terminaron en enfrentamientos con los granaderos. Y este es un recuento solamente de la capital. Muchos otros brotes se viven con intensidad en los estados, otras ciudades y comunidades. ¿Qué nos dice este dato?
Mi lectura: México vive estas horas con profunda incomodidad. La protesta que sale a la superficie es apenas un síntoma de las fracturas y frustraciones de nuestra sociedad, del fracaso de los gobernantes, de la falta de vías de interlocución. Para los centenares, o miles, de colegas que caminan al lado de estas manifestaciones cumpliendo con la cobertura cotidiana, el reto es enorme. ¿Cuáles son las claves profundas de esta efervescencia? ¿Cómo entenderla y explicarla, cómo narrar el momento con la claridad indispensable para las audiencias atareadas con los problemas de la sobrevivencia diaria, intoxicadas con el discurso distorsionador de los poderosos medios de comunicación, distraídos con los dolores de cabeza del fútbol y los corazones rotos de las telenovelas?
Sabemos, nos consta, que en los noticieros de la noche y la mañana no es precisamente la verdad la que se transmite; que con frecuencia las razones de fondo de esta agitación se ocultan y tergiversan, que el ruido mediático silencia las voces plurales que reclaman la atención de los poderes.
El mejor periodismo de nuestra época, que muchas veces va a contracorriente de la información que fabrican los grandes consorcios y la versión oficial, es aquél que, desde hace años, ha corrido el riesgo de ser un testigo incómodo para narrar, con veracidad y cercanía, los hechos que han jalonado nuestra historia reciente.  El levantamiento zapatista y su caminar en los pueblos indios; las reiteradas luchas por una democracia real, sin fraudes ni votos comprados; los campesinos que defienden sus tierras de los megaproyectos y la minería –Atenco, Wirárika, algunos de ellos–; los trabajadores despedidos en masa, (los electricistas); las decenas de miles de familias dolidas por la desaparición o el asesinato impune de sus seres queridos, que se cuentan por carretadas, víctimas del crimen organizado y las estrategias fallidas para hacerle frente; el magisterio amenazado por la visión neoliberal de la educación; los estudiantes hartos de tener como futuro un país anclado y que explotan en el grito del #Yosoy132.
Entre estas convulsiones trabajan los periodistas de esta generación, muchas veces son un saldo fatal. No pueden dejar de estar presentes hoy, en este momento, la memoria de nuestros colegas asesinados, en especial compañeros periodistas de los medios provincianos que enfrentan en situaciones límites la vida de violencia que ha deteriorado regiones enteras.  Los muchos “Regina Martínez” a quienes no podemos dejar de extrañar, los reporteros que son amenazados, que han tenido que salir al exilio, los que han tenido que callar, y también a ese entrañable enjambre de reporteros ciudadanos y fotorreporteros golpeados y detenidos en los enfrentamientos callejeros, pero que nos aportan, con su trabajo y la documentación generada, piezas indispensables para ilustrar la realidad en la que nos movemos.
¿Cómo caminar en estas arenas movedizas? La historia del periodismo nos regala numerosas brújulas para no perdernos. Está esa recomendación de oro del enorme polaco universal Ryzard Kapuscinski, que  definió nuestra tarea como el deber de informar intencionalmente, de manera que ayude a la humanidad y no fomentando el odio o la arrogancia, para fomentar el respeto del otro; el ver nuestra labor como buscadores de contextos, de las causas que explican lo que sucede.
Vuelvo a García Márquez pensando en el futuro que ya se nos echó encima, con estas generaciones que se empujan –dice él—unas a otras; que cuando uno acaba de hacer algo ya se perfila alguien que amenaza con hacerlo mejor. En 1996 advertía contra los riesgos del “esplendor tecnológico y el vértigo de las comunicaciones”. ¡Y se refería a la grabadora de cassette, al télex y otros objetos de museo.
¿Qué decir, a estas alturas, del avasallamiento del periodismo de la revolución tecnológica o .0, como le dicen? ¿De esa herramienta maravillosa que es el internet y sus redes sociales, plataformas que nos obligan a diario a reinventarnos, a crear nuevos lenguajes, a movernos más rápido, a ir más lejos? ¿Del imparable cambio de hábitos de las sociedades, que cada vez acuden menos a los medios tradicionales y más a los digitales para tomarse el café, el pan y las noticias de cada día?
Herramientas que también son amenaza, son un peligro de que prive la mediocridad, la pobreza de la palabra escrita o pronunciada y donde ¡aguas! la mentira suele correr mucho más veloz que la verdad.
El antídoto, en la mirada del Gabo, no parece tan complicado. Me atrevo a enunciarlo aquí, para esos periodistas jóvenes, todoterreno que hoy nos rodean, tan hábiles para la tecnología pero con frecuencia –y cito a García Márquez—“parecen desvinculados de la realidad y de sus problemas vitales”. Mantengan las condiciones más importantes del periodismo de calidad: la creatividad y la práctica. Y desde luego, la curiosidad inagotable por la vida.
Gracias.

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