Nuestro compromiso con la palabra y nuestro deber insoslayable con la verdad

31 Octubre, 2012

Hugo Gutiérrez Vega

 

 

Para los que enseñaron la función social del periodismo y su oficio: Alejandro Avilés, Carlos Monsiváis, Héctor Dávalos, Carmen Lira y Josetxo Zaldúa; mis compañeros de La Jornada Semanal. A todos los caídos en el ejercicio del periodismo.

 

Con el desarrollo de la sociedad industrial, la información adquirió un carácter masivo. En las etapas históricas anteriores, el libro impreso y las hojas volantes de circulación reducida lograron, gracias al perfeccionamiento de los sistemas postales y del comercio, llevar noticias a un público compuesto casi exclusivamente por los miembros de las clases dominantes.

En nuestro tiempo, la información es una necesidad cotidiana, una exigencia impuesta por el vertiginoso crecimiento de las actividades humanas. Poseer información oportuna y suficiente de lo que sucede en el mundo es una obligación que el hombre de la sociedad mercantil tiene para con la realidad, y un mecanismo de defensa que les permite planear sus actividades futuras y evadir los golpes de sus competidores. La sociedad mercantil y el poder político se alimentan con las noticias del día, proporcionan informaciones e influyen de una manera determinante en el proceso de elaboración de las noticias que llegarán al público y servirán para darle la confirmación mental deseada por la ideología dominante.

Todo indica que el hombre moderno, servido por un aparato que le entrega todas las mañanas, junto al vaso de jugo de naranja, un conjunto de noticias, fotografías y artículos de opinión que le permiten ver cómo amaneció la cara del mundo, está más cerca que sus antepasados de la realidad total de lo humano. Y sin embargo no es así. Nunca, como en nuestro tiempo, las apariencias habían sido tan engañosas. El lector de las numerosas y variadas informaciones rara vez se da cuenta de que detrás de su rito informativo cotidiano se ocultan las manipulaciones realizadas por los especialistas del programa consistente en orientar, de acuerdo con los intereses de la clase dominante, en fijar las dosis que les permitirán ejercer un control cada día más sutil sobre las posibles reacciones que los distintos públicos tienen frente a los estímulos creados por la información. De esta manera, el hombre contemporáneo es alejado del conocimiento de la realidad y limitado hasta el extremo de que sus posibilidades de pensamiento original son abolidas y su concepción del mundo circula, de modo casi exclusivo, a través de los estereotipos. La posibilidad de una personal forma de entender el mundo es remplazada por los prejuicios sutilmente reforzados por los medios masivos.

El aparato orienta la atención de sus lectores hacia determinados temas, y los aparta de aquellos que pueden promover la organización de grupos sociales víctimas de la explotación. Su función, como afirma Mattelart, es desorganizadora y, por lo tanto, tiende a neutralizar la acción de las clases dominadas, y a afianzar el mundo de valores de la clase dominante. En la saciedad capitalista, la información busca que el hombre acepte las características propias de un mundo regido por las leyes mercantiles. Para lograrlo no vacila en difundir el programa que ha convertido el amor en una transacción comercial, el arte en una actividad sujeta a las leyes de la oferta y la demanda, y la religión en la defensora de un orden social injusto y antihumano.

Este programa hace que el aislamiento del hombre moderno, paradójicamente rodeado de noticias de todo lo que pasa en el mundo, sea cada día más grande. En la selva actual, la actividad humana está regida por las leyes de la competencia y los medios se encargan de fomentar el espíritu competitivo que nos aísla de los demás, deshumanizándonos, convirtiéndonos en bestias de una voracidad inagotable.

Para asegurar el carácter masivo de la prensa era indispensable aumentar la producción y abatir los costos de impresión, para poder vender los productos a un precio más barato. Por ejemplo, los periódicos ingleses de principios del siglo XIX eran tan caros, que las clases populares no podían adquirirlos. Esta circunstancia los obligó a buscar las formas para compensar las graves pérdidas derivadas de los impuestos y trabas fiscales fijadas por el gobierno, que había encontrado en ellos un magnífico sucedáneo de la censura suprimida años antes. Los avisos comerciales publicados anteriormente en páginas especiales se fueron apoderando de todas las secciones del periódico. Los comerciantes vieron con beneplácito la nueva política de los empresarios; sólo a algunos graves caballeros les desagradó el hecho de que sus hojas de noticias y comentarios se llenaran de la gritería estridente de los mercaderes. Este momento marca la iniciación de las relaciones de la prensa con los intereses de la sociedad burguesa. Desde entonces, los periódicos son indispensables para el desarrollo de la economía de consumo, y las grandes empresas ejercen toda clase de presiones sobre la prensa. De este peculiar juego dialéctico derivan todas las formas de la dependencia que ha desnaturalizado a la prensa moderna y contemporánea.

En los primeros años de la prensa masiva, los anuncios comerciales fueron considerados como un medio para ganar la independencia económica. Los altos impuestos eran el instrumento del que se valían los poderes políticos para ejercer una estricta censura sobre los órganos periodísticos. Con la publicidad comercial, la prensa encontró una manera de liberarse de las trabas impuestas por los gobiernos; sin embargo, esta medida no significó, de ninguna manera, el aseguramiento de su independencia. Todo lo contrario, en lo sucesivo la sociedad mercantil se impuso sobre la información; la obligó a adoptar la estructura propia de las empresas comerciales y la sujetó a un sinnúmero de presiones y de controles. En su libro La prensa y la opinión pública, N. Palgunov asegura que “con la publicación de anuncios pagados a buen precio, los capitalistas adquieren simultáneamente el derecho de influir sobre el periódico, controlarlo e imponerle su voluntad”. La sociedad burguesa, que impone sus leyes a las relaciones y actividades humanas, imprimió su marca de fuego a la información. También las tareas intelectuales son cosificadas por el sistema capitalista.

Con el paso del tiempo, las grandes empresas no se contentaron con presionar a la prensa para obligarla a mantener una dirección favorable al sistema capitalista; fueron más allá y decidieron adquirir sus propios periódicos. De esta manera se organizaron los grandes imperios periodísticos y los monopolios informativos servidores de la burguesía y de sus gobiernos.

La publicidad fue afinando sus tácticas, y enriqueciéndolas con las aportaciones de los psicólogos dedicados a buscar la total adecuación del hombre a la atmósfera vital propia de la sociedad de consumo. A pesar de que la publicidad moderna ha sido claramente definida como un medio del que se vale la sociedad capitalista para enajenar al hombre, todavía algunos representantes de la “racionalidad tecnocrática” y del “conductismo” norteamericano, insisten en calificarla como una actividad de servicios y de orientación social.

Las grandes compañías industriales y mercantiles son, sin duda, fuerzas de presión que actúan para imponer a la prensa determinadas líneas generales y reglas de conducta. Desde que se efectuó el paso del capitalismo competitivo al monopolista, la publicidad se convirtió en una de las fuerzas principales de ese paso. Desde entonces ha sido el soporte material de la prensa que destina a la publicidad, generalmente, más del 50% de sus páginas. El fenómeno tiene un doble proceso: por una parte la publicidad utiliza a los medios informativos como medios de presión sobre la sociedad consumidora y, por otra, debido a si decisiva aportación económica, es un factor que presiona la información.

C. Wright Mills sostiene que los publicitarios definen sus tácticas de la siguiente manera: “Debemos estudiar muy de cerca el contenido y las vidas de las personas a quienes es preciso manejar, y nunca debemos manifestarnos abiertamente. Más que aconsejar o mandar, debemos manipular”.

Los medios de comunicación de masas, y de manera muy especial, la televisión, se infiltran no tan sólo en nuestra experiencia de las realidades exteriores, sino también en la experiencia de nosotros mismos. Los medios y la dirección de las campañas publicitarias nos proporcionan nuevas identidades y el repertorio de aspiraciones para alcanzar determinado status social. Asimismo, también afirma Mills que “nos dicen lo que desearíamos ser y lo que desearíamos parecer. Nos proporcionan modelos de conducta y nos señalan quiénes somos, prestándonos una identidad; quiénes queremos ser, ordenando nuestras aspiraciones, cómo lograr esos propósitos, dándonos las técnicas, y cómo podemos sentir que somos los que no somos proporcionándonos un, cada vez más rico, repertorio de escapes y evasiones”.

Les pido disculpas por haberles asestado tantas y tan espesas reflexiones sobre la era de la información y los poderes fácticos. Espero que sirvan de base a la expresión de una esperanza difusa y problemática.

A punto de terminar el sexenio sangriento, en medio de agudas contradicciones sociopolíticas y económicas, en plena crisis de credibilidad y afectadas por las maniobras siniestras del duopolio televisivo que ya, junto con los otros dueños del país, entronizó nuevo monarca, nos aferramos a la esperanza que representan los movimientos sociales, y a la prensa en sus dos versiones, escrita por periodistas dispuestos a servir a la verdad y a defender los valores de la libertad y de la justicia. Periodistas como Carlos Septién García, el inolvidable Tío Carlos. Su vida y su obra nos alientan para afirmar nuestro compromiso con la palabra y nuestro deber insoslayable con la verdad. No olvidemos que, ahora como siempre, la verdad nos hará libres.

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