Discurso de Enrique Mandujano en la entrega del PNP Carlos Septién García 2013

21 octubre, 2013

Dice José Martí, el poeta guerrero, “cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban al pueblo su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana”, y cuando es una mujer la que lleva en sí el decoro de la sociedad hay que reconocerlo y eso es lo que hacemos este mediodía.

La primera vez que supe de Blanche Petrich yo era apenas poco más que un niño de secundaria. Entonces para mí el periodismo era una actividad confusa y difusa, a medio camino entre la fama propia, y la oportunidad de entrar gratis a cuanto lugar se me ocurriera. Ni idea tenía de que ésta es una profesión que conlleva una responsabilidad social desde el momento en que tomamos nota de una declaración y la ponemos por escrito o la difundimos de manera electrónica o por radio o televisión.
Entonces cursaba yo la secundaria y mi maestra de historia nos instaba a leer un periódico de título intrigante, porque llevaba un concepto incluyente. Unomásuno. Aguerrido, contestatario, con diseño atractivo porque evitaba los molestos pases a innumerables páginas. Ahí, con textos sobre lo que pasaba en Centroamérica, con notas puntuales, escritas desde el lugar de los hechos, casi ubicua, aparecía un nombre: Blanche Petrich. Ha de ser extranjera, pensé. Una atleta de la información, está en todos lados y de todo escribe.
Terminó el proyecto de ese Unomásuno ejemplar para dar paso al triste espectáculo de un muerto que se pudre ante nuestros ojos. Blanche y un grupo de periodistas veteranos, pero con ánimo de seguir innovando, fundaron La Jornada, que revitalizó la mirada periodística y el aliento social.
Con el paso del tiempo encontré el camino del periodismo y en él de alguna manera seguí el trabajo de Blanche. Ora en las montañas del sureste mexicano, ora en el Sahara Español, o República Saharaui, como ella mismo nos dijo que es el nombre de esta parte de África en donde se habla nuestra lengua.
Blanche deja su huella en sus notas. Siempre certeras, precisas. Ella fija la mirada y hace que nosotros observemos también. Nos surgen preguntas que ella contesta. Es nuestra mirada y se vuelve nuestra conciencia. De alguna forma, ella encarna ese decoro que debe tener una sociedad a la que le han quitado todo, menos su capacidad de exigir la verdad.
Desde mi lugar como lector imaginé a esa mujer que firmaba con nombre extranjero. La vi incansable, debía ser atlética, para estar en todos lados, supuse; joven, por su inagotable curiosidad y deseo no sólo por verlo todo sino comprobar todo lo que le decían. Ya conocía a algunos periodistas y varios eran insoportables, celosos de sus fuentes, de los datos que han trabajado en el día y orgullosos de sus roces con personajes de la política y de la vida nacional.
El infinito laberinto de causas y efectos, como dice Borges, dispuso que un día terminara yo en La Jornada. Y entonces confirmé lo que pensaba. Conocí un torbellino de buen humor que de pronto entraba a la redacción y todos iban tras de ella. Oí su voz, entre exigente y tierna. Siempre firme. Y segura, exige datos, precisa frases. Y el eterno tecleo que inunda su oficina. Por fin conocí a Blanche.
En sus ojos vi la tierna curiosidad siempre joven, pero también el brillo del ave que tiene a su presa, sobre todo cuando detecta algún abuso, alguna falla del poderoso. Su sonrisa desarma, tal vez por eso logra que le den datos que nadie más consigue. Y en su apariencia frágil se esconde el alma de una guerrera que ha peleado mil batallas, y que tiene fuerza para prestarla a quienes no nos atrevemos a abanderar una causa, o para asestarle un golpe fatal con la nota precisa al poderoso que bajó la guardia, engañado por la tierna imagen de Blanche.
Su trabajo la precede y la proyecta. Lo que vio y contó de las guerras en Centroamérica formaron su carácter, pero eso pasó ayer. Hoy hay nuevas cosas que decir. Los abusos a denunciar parecen eternos, sólo se transforma el protagonista. Pero ella sigue ahí, con el ánimo de levantar la voz.
Las nuevas tecnologías no le son ajenas ni sus formas de difundir la información. Wikileaks la consideró ideal para darle forma al caudal de datos que tenía sobre México y que ella difundiera lo que tenía que decirse.
Qué mejor forma de aprender el periodismo que con alguien que lo ha vivido y encarnado. Por eso sus enseñanzas van más allá, ya que también ha sido maestra de ésta, su alma mater. En el aula es generosa, comparte sus secretos, dice lo que está investigando, revela eso que nunca dice el reportero estrella, porque ella no es estrella, es la encarnación del periodista.
Carlos Septién García, de quien conmemoramos el 60 aniversario luctuoso y por quien la escuela y este premio llevan su nombre, decía que la misión del periodista es buscar la verdad a cualquier costo, aún el de su tranquilidad y su propia vida. Blanche es ejemplo de esto. Ha sacrificado su propia tranquilidad, su tiempo, su espacio, que es la vida misma, por hacernos un poco más conscientes, más humanos. Por llevarnos la verdad y ser ejemplo del periodismo comprometido, con el dato, con todas las voces implicadas.
“En la medida en que un hombre esté consagrado a esta misión, en la medida en que se ocupe de su vida, su tiempo, su trabajo en la realización periodística, ese hombre adquiere la dignidad del periodismo”, decía Carlos Septién como si ya supiera que íbamos a estar este día honrando a quien representa estas palabras.
Por tu búsqueda de la verdad a cualquier costo, asumir el compromiso que esto conlleva y darle decoro a estos tiempos de horror, por ser un ejemplo de vida, gracias Blanche.

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